200 pesetas

Pablo ha encotrado dos monedas de cien pesetas en su coche. Sin entrar en la polémica de cuánto tiempo llevan ahí, a los que estábamos cerca nos ha entrado una nostalgia lacrimosa de cuando con una de esas dos monedas podías comprarte un café o una caña, y todavía te devolvían calderilla. Aquí hay mucha gente que no las conoce y dentro de unos años habrá quien no las recuerde, sustituidas por la “moneda única”, esa que nos equipara a la Unión Europea de manera tan ruín.

Me acuerdo, cuando antes de que entrara en vigor el “leru”, nos doraban la píldora diciendo que la cosa no iba a cambiar, que todo iba a seguir igual y que no seguiríamos con los mismos precios. Creo que la tontería nos duró tres meses, cuando el recuerdo de la “lúa”, la “rubia” o la “pela” se empezó a desvancer sustituida por la complejidad de sumar en céntimos o por las conductas “anticalderilla”, que provocan el rechazo del cobre en el bolsillo como si fuera portador de la peste negra. ¿No recordais que tener un duro (cinco pesetas) en la cartera no era tan malo como llevar cinco céntimos ahora, pese a que el valor de estos últimos supere con creces los de los anteriores?

Cuando diseñaron las monedas tal vez lo tuvieron en cuenta, que ignorar el color plateado de la moneda de antaño y sustituirlo por el cobrizo nos haría pensar (y con razón) que su valor es inferior. Y en estos tiempos de crisis, hay que ver, me sigo encontrando monedas de cinco céntimos en el suelo, despreciadas por su tono herrumbroso.

Que vuelva la pela.

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