Sobre las fotos de recién nacidos en los hospitales (Opinión)

A raíz del post de Livia y Sandro algunos (de hecho unos cuantos) me han preguntado que por qué no probaba a hacer fotos en los hospitales a los recién nacidos. Al parecer es una práctica que se ha vuelto bastante habitual y ya parece como que hay que contar con que un fotógrafo va a aparecer en algún momento sin que nadie lo haya llamado a hacer fotos de los padres con el/los pequeñín/es.

Por lo general, los padres (sobre todo las madres) han tenido durante las últimas horas del embarazo la cabeza en cualquier parte menos en pensar en hacer fotos. Es lo suyo. Para colmo, suelen estar tan cansados (e insisto en “sobre todo ellas”) que tampoco tienen ganas de nada más que no sea descansar (aprovecho para expresar mi opinión sobre lo inoportunas y fatigosas que pueden resultar las visitas ininterrumpidas al bebé y madre-padre después de las primeras horas del parto) y aunque ahora con los teléfonos móviles hacer fotos es lo más fácil del mundo, pues la calidad la mayoría de las veces deja bastante que desear por todos estos factores.

Así pues, de pronto se presenta un fotógrafo llamando a la puerta de la habitación, que ni conoce a los padres ni a los familiares y, eso sí, entiendo que previo consentimiento (o dejadez) de los presentes, empieza a disparar como si no hubiera mañana.

A ver; no dudo de la profesionalidad y el buen hacer del fotógrafo; supongo que los habrá mejores y peores. Pero de lo que no me cabe duda es, primero, de lo oportunista de la situación (comparable con hacerse la foto a la entrada del Zoo) y luego del poco feeling o sentimiento que puede generarse cuando un extraño, sin que tú se lo pidas se ponga a hacerte fotos, con una invasión bastante descarnada de la intimidad de una familia.

Por lo tanto, pese a que todos sabemos que la vida está muy mal y hay que ganarse el pan, que todos quieren (en esta época de recuerdos digitales por toneladas) llevarse a casa imágenes de estos momentos tan importantes como es la llegada al mundo de un hijo y que no todo el mundo lleva a todas partes la cámara, yo, por principios, me niego a hacer fotos a nadie en estas circunstancias sin que me lo pidan primero. ¿Y cuáles son entonces estos principios y que creo que no siempre se cumplen?

Pues el primero y fundamental: respeto a la intimidad, que viene a traducirse en que no soy quien para suponer que no molesto haciendo fotos, cuando una de las premisas de cualquier fotógrafo en eventos (del tipo que sean) es pasar desapercibido. Pues decidme si dos horas después de salir de la sala de partos alguien tiene cuerpo que no sea el suficiente como para querer descansar con su hijo en brazos sin que nadie les dé la tabarra. Parece de perogrullo, pero a veces las cosas más simples se nos olvidan.

Otro principio que defiendo es el de profesionalidad. Insisto en que no dudo de que muchos de estos fotógrafos son profesionales. Y no me refiero a que sean “fotógrafos de profesión” sino a que cumplan con unos estándares mínimos de presencia, técnica, habilidad, educación, etc. Lo que viene a traducirse en que si quieres tener a un fotógrafo en la habitación, es mejor informarse y contratar previamente a uno que sepas que no te va a fallar, que te dé confianza (si es conocido mucho mejor), del que conozcas su trabajo, etc. España está llena de ellos y no hace falta que alguien venga a imponerte uno que no te guste.

Estoy, por supuesto, omitiendo siempre el hecho de que aunque se te plante alguien a hacer fotos, todos somos libres de negarle el paso o incluso si se lo permitimos, luego no querer aceptar su trabajo; aunque esto último, según escribo me parece también una espada de doble filo: si permites a alguien hacer las fotos entiendo que es porque querrás comprarlas. La pega es cuando al verlas, te llevas el chasco y te las cobran a precio de oro.

Un tercer principio que creo fundamental es el de control sobre contenido o derechos de imagen. Si no conoces al fotógrafo, ¿cómo sabes a dónde van a ir a parar esas imágenes? ¿Compras los archivos digitales o sólo la copia impresa (por lo general y debido al escaso tiempo de forma bastante irregular)? ¿En caso de adquirir el archivo digital, recibes los archivos de toda la sesión? ¿firmarás con el fotógrafo una cláusula que le permita o no exhibir esas imágenes en su web o portfolio? Últimamente las redes sociales se están cebando con los permisos de privacidad y aunque esto sea un tema escabroso, mucho más con las imágenes de niños. Es un hecho. Hay que tener cuidado, y mucho, en dónde van a parar las imágenes y más cuando no conoces al autor. Un consejo perogrullesco: si aceptáis los servicios de un fotógrafo, primero aseguraos de que está acreditado al menos por el hospital o clínica donde dais a luz y luego, si notáis cualquier irregularidad tanto en comportamiento como en profesionalidad, informad a la dirección del centro.

Por último, el principio de honestidad con el cliente es básico. Y hablo de honestidad desde el punto más banal, que es saber cuánto estás pagando o vas a pagar y qué vas a recibir a cambio antes de permitir a nadie hacer un trabajo. Cuando organizo una sesión, vamos a una boda o acepto un encargo, una de las primeras cosas de las que hablo con el cliente es del precio, que me parece fundamental. Acto seguido le explico lo más claramente posible qué va a recibir por ese importe y queda reflejado en un contrato con todas sus cláusulas. Cuando se hace el trabajo, se cobra, pero no hay sorpresas. En los momentos donde estás contento y cansado a la vez por el alumbramiento, si además hay gente en la habitación, algo de caos familiar… es muy fácil aprovecharse para encasquetar un trabajo fotográfico y cobrarlo a precio de oro, sin saber además el precio por copia hasta que llegan poco después con el sobre. No sé a los demás, pero a mí eso me transmite muy poca transparencia y no es la manera de trabajar que a mí me gusta con mis clientes.

Todo este asunto es comparable con los fotógrafos de boda encasquetados por iglesias y restaurantes a los novios y que tienen que aceptarlos sí o sí porque vienen en el pack. Por fortuna, está empezando a desaparecer esa tendencia a la exclusividad del fotógrafo a sueldo del recinto aunque a veces hemos tenido que hacernos pasar por primos (ejem) de los novios para evitar problemas. Como decía, esta tendencia está desapareciendo pero a cambio está proliferando la de las fotos a recién nacidos.

Por concluir, y ya voy acabando, todos estos son los motivos por los que no me veréis dando vueltas por las habitaciones de las maternidades salvo que alguien me haya pedido expresamente estar allí con la cámara, en cuyo caso, lo haré siempre de forma respetuosa, honesta, profesional y discreta. Y no dudéis de la profesionalidad de un buen fotógrafo y llevadlo, si es que lo queréis, apalabrado de antemano.

Por cierto, la foto que acompaña esta entrada es de Léa, la hija de mi amigo y compañero Víctor del mismo día que vino al mundo. Me planté por sorpresa en su habitación y (oh, casualidad) llevaba la cámara al hombro, pero antes de hacer fotos, le pedí permiso ;-). Gracias a Víctor, a Carmen y a la pequeña Léa por dejarme ilustrar esta entrada con ellos.


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